Historia Hotel la Garriga | Hotel Blancafort
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Nuestra Historia

Mas de 150 años de historia compartiendo experiencias

Las propiedades de las aguas de la Garriga ya se conocían desde la edad de bronce, por ser objeto de culto, y es más tarde, en la época romana, por ser utilizadas con fines terapéuticos. 

Durante el siglo XVIII emergieron casas de baños y establecimientos termales donde se realizaban tareas higiénico-médicas circunscritas a las clases sociales altas ya que los hospitales de la época eran vistos como lugares de contagio y de nuevas enfermedades.

Es en este momento cuando se inicia la historia del balneario como establecimiento de hospedaje.  En 1840 Joan Blancafort Llavina fundó el establecimiento de los Baños también conocido por los habitantes del pueblo como “L’Establiment”, la casa más grande e importante de la población, con capacidad para más de 200 personas. 

A partir del 1853 el estado empezó a conceder reconocimiento sanitario y se declararon de utilidad pública. En la Garriga, la primera casa de baños que fue reconocida fue el "Establecimiento de Baños Blancafort’’. Las instalaciones eran muy sencillas, cuatro bañeras revestidas de baldosa de valencia que recibían agua termal por una conducción subterránea instalada en la calle baños.

El Septiembre de 1860, el manantial del balneario fue declarado de utilidad pública y en el 1876, fue ampliado y mejorado por su hijo Antonio Blancafort, y renovado y perfeccionado por Juan Bautista Blancafort i Carbonell, nieto del fundador.

El resultado fue un edificio de cuatro plantas con elementos modernistas, organizado alrededor de un jardín al descubierto. Se construyó una amplia galería de baños, con 12 cabinas de bañeras, primero de mármol y después de porcelana y una sección aparte destinada a duchas y otra a servicios de hidroterapia.

En el semi subterráneo estaba el servicio de baños y en la planta baja la entrada principal al establecimiento, la administración, el hall, el café, la sala de estar, el salón de fiestas, así como algunas habitaciones.

En la primera planta estaba el solárium, además de unas cuantas habitaciones más.

En la tercera y última planta estaba el resto de habitaciones, la azotea y una zona de almacenamiento.

Los jardines eran amplios y tenían una zona de paseo, una capilla, una pérgola donde los músicos se ponían para ofrecer conciertos al aire libre y una pista deportiva.

El Balneario ofrecía un montón de posibilidades a sus clientes. En primer lugar, había el régimen de pensión completa, que incluía el alojamiento y la manutención. En función del poder adquisitivo del veraneante, estos optaban por la mesa francesa o española. La gente de más categoría escogía la mesa francesa.

En esta categoría, cada persona o familia disponía de una mesa individual, las comidas que se servían eran muy completas, formadas por cuatro platos para comer y cinco para cenar.

En el caso de la mesa española, había una mesa muy larga que ocupaba todo el comedor, donde los clientes se iban sentando según su antigüedad en el local: el lugar preferente, en el centro, lo ocupaban los clientes más habituales, mientras en los extremos se sentaban los clientes nuevos. Se servían los mismos platos  que en la mesa francesa.

Otras familias que se alojaban en el balneario no comían en el restaurante del establecimiento. Alquilaban unas cocinas particulares, situadas en el primer y segundo piso y su personal de servicio se encargaba de hacerles la comida. Estas familias comían en comedores privados con capacidad para cinco grupos cada uno.

Si volvemos la mirada al siglo XV, cuenta la leyenda  que el rey  Martín I el Humano y su esposa, la reina María de Luna, se desplazaron a la Garriga atraídos por la fama de las virtudes de sus aguas termales y existen indicios de credibilidad de que utilizaron las del manantial térmico que es propiedad, actualmente, del Balneario.

A lo largo de todas estas décadas, han desfilado  un sin número de personalidades de las letras y de las ciencias, religiosos, políticos y artistas: Mossen Jacint Verdaguer, Eugeni D’Ors, Enric Prat de la Riba y el General Primo de Rivera entre otros, son sólo algunos de los ejemplos más representativos. 

Cabe destacar que, en honor a algunas de estas personalidades, algunos espacios del hotel reciben el nombre,  en la actualidad,  de algunos de estas personalidades. Un claro ejemplo sería uno de los restaurantes del hotel denominado D’Ors Gourmet en conmemoración al ilustre escritor Eugeni D’Ors que en su estancia en el hotel se inspiró en los jardines del mismo para escribir su obra literaria “l’Oscenografia del Tedi”.

Desde mediados del S.XIX, el balneario se hizo más popular a causa de diversos factores relacionados con los nuevos valores sociales, ideológicos i económicos de la época: la aparición de la burguesía, la popularización de las ideas higienistas en las que se valoraban los espacios naturales, el interés por las aguas termales como elemento medicinal, la mejora de los medios de transporte y la popularización del veraneo entre las clases adineradas.

La Garriga se vio beneficiada por esta intersección de factores, ya que reunía los valores de la época, así pues durante el último cuarto del siglo XIX, la burguesía barcelonesa encontró en la Garriga un espacio ideal donde crear una colonia balnearia que más tarde se convirtió en una colonia de veraneo.

En 1937, durante la guerra civil, el balneario fue intervenido y expropiado para convertirlo en un hospital para reumáticos y de convalecencia. En la fundación Mauri se conserva la memoria relativa a su habilitación como hospital. Reconstruir el balneario no fue fácil para la familia Blancafort, y para hacerlo tuvieron que hacer frente a problemas legales y económicos. Finalmente, en junio de 1943, pudieron reabrir el complejo termal.

Las fiestas deportivas iban patrocinadas inicialmente desde el balneario Blancafort, ya que disponía de una gran explanada condicionada como pista deportiva para juegos y esplais. 

Desde 1912, cada domingo se celebró en ese espacio la Fiesta Deportiva, en la cual se practicaban los deportes más nuevos que se iban importando del extranjero, se disputaban partidos de lawn tenis y de croquet, carreras de bicicletas, tiro al blanco, carreras automovilísticas, etc.

El turismo de verano decayó de forma muy importante después de la guerra civil a causa de las dificultades económicas de la posguerra, e igual sucedió con el termalismo, en cual pasó a un segundo plano y perdió popularidad.

Pero a finales del siglo XX el termalismo volvió a recuperar la popularidad gracias a una nueva oferta basada en reducir el estrés de la vida cotidiana y la realización de tratamientos complementarios, centrados en la belleza y el aspecto personal.

Respetando su antigua y carismática fachada, en el año 2002 se toma la iniciativa de remodelar este complejo de salud y bienestar y así devolverle el protagonismo del que había disfrutado desde más de 150 años, para reabrir sus puertas en el año 2005. 

En la actualidad el hotel Blancafort spa termal es un centro de bienestar en el que se fusionan los conocimientos más tradicionales y las terapias más innovadoras con las propiedades mineromedicinales de nuestras aguas, persiguiendo un único objetivo:

 

Cuidar de nuestro huésped haciéndole sentir único y ayudándole a conseguir su bienestar integral.